Solemos caer en el terrible error de pensar que conocemos bien a nuestros conocidos, amigos, familiares y demás satélites más o menos necesarios de nuestras vidas. Y digo que es un error, y lo digo porque lo sé de muy buena mano. De hecho, la mía propia.
Uno nunca podrá decir que conoce bien a alguien mientras no le haya visto mandar, dirigir, ordenar; chámalle X. No se termina de ser uno mismo mientras no se encuentra en uno de los dos extremos de la vida, tomando vida en términos de poder, o sea, tener todo el poder o no tener ningún poder. Es en esas extremistas ocasiones en las que cada pavito o pavita despliega todo su plumaje, sin pudor alguno, incluso a veces sin ni siquiera la más mínima vergüenza ni decoro.
En general, y partiendo del axioma de que casi todo el mundo es pura hipocresía, las personas acostumbran a proclamar a los cuatro vientos que su vida se rige por unos valores que podemos llamar universales (aunque podríamos llamarlos también una puta mierda), a saber: lealtad, honradez, honestidad, sinceridad, transparencia, valentía. Raras palabras donde las haya, pardiez (por seguir en línea del lenguaje usado en la época en que estaban en boga). Hoy por hoy, estos vocablos y su significado son manoseados, sobados, pisoteados, babados y escupidos a diario por gentes que ni siquiera sabrían definirlos. Yo, como soy así de rara, los resumo a todos ellos en dos nuevas palabras, que para mí, mis adorados DonQuijotes y mis hasta la eternidad idolatrados EdmondDantes, son la guía, el Norte, la Estrella Polar de nuestros pasos.
- ELEGANCIA y CONGRUENCIA -
Para mí, la elegancia no tiene nada que ver con la vestimenta, ni con los accesorios que muchos y muchas se empeñan en usar para parecerse cada vez más a un jamón de Guijuelo disfrazado de árbol de navidad. Para mí, e insisto, porque soy rara, la elegancia no tiene nada que ver con la estética, sino con la ética, aquello que Aristóteles se empecinó en dar a conocer, la madre de todos los corderos filosóficos. La elegancia es una actitud vital, y la congruencia es su única e inseparable consecuencia.
Por desgracia, más de un 99,9% de las gentes que nos rodean-rán en nuestras vidas serán incongruentes, es decir, se inflarán cual gallos de corral para llenarse el pico y escupir que tienen valores y se guían por ellos, y a continuación, a la mínima que te quieras dar cuenta, estarán traicionándo-te, esclavizándo-te, mintiéndo-te, humillándo-te, faltándo-te al respeto, etc. En una palabra, jodiendo a diestro y siniestro, a tí y a todo el que se quiera poner en su camino.
Todo esto no tendría ninguna importancia si no fuera por las situaciones extremo. Es en ellas cuando todo toma otro color, mejor dicho, cuando todo se colorea y se ve así mucho mejor y más nítido.
Cuando uno de estos tiene poder, pasa a usar sus "valores" -mejor llamémosles perversiones-, sin control. Ya no se respeta, ni se escucha, ni se pregunta, a quien poco antes "era" un amigo. Se decide, sin control, en base a criterios más personales, ambiciosos, avariciosos, egoístas, cobardes; sin tener en cuenta cuánto daño se hace ni a quién se le distribuye dicho daño. En esos niveles la culpa no existe, al igual que la responsabilidad, pasan a diluirse hasta el infinito. Solamente existe el ego desmedido de quien utilizó para luego pisar, de quien despeñó para escalar, de quien no supo crecer a tiempo ni sabrá crecerse en el destiempo.
Una vez, en uno de esos cursos en los que intento exprimir todo lo que me dan, alguien dijo: "El poder te lo dan desde arriba, el respeto y la autoridad se ganan desde abajo". También se dice por ahí: "Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita". Hoy por hoy ya nadie respeta a los santos; ahora sí, lo que yo le he dado a alguien porque se lo ha ganado, eso nunca jamás se lo podré robar, porque queda grabado a fuego en el alma de las dos partes, no hay contrato más fuerte que ese.
Lo mismo sucede con quien no tiene ningún poder ya, el que no tiene nada que perder porque ya todo lo perdió, el desesperado. Ese también se muestra tal como es, sin tapujos ni miramientos; y si tiene que pisar, morder, arañar, empujar o matar para conseguir algo, lo hará sin pensárselo dos veces.
Estamos rodeados de Darth Vader's, de Ebenezer's Scrooge, de mini-Führer's de pacotilla, de brujas de Blancanieves y madrastras de Cenicienta, de Madame's Medusas. El lado oscuro se nos está merendando sin compasión: en la política, en el trabajo, en el mundo en general. Gracias que a mí, la vida me reparte mierda emocional suficiente para todos los días ponerme los pies bien pegaditos a la tierra, y así tener muy claro cuales son las cosas importantes de verdad, que de perversas, tienen más bien poco.
Así que yo, pero solo porque soy rara, ya sabéis, paso del lado oscuro. Seguiré con mi espada Jedi, siendo Obi-Wan Kenobi; y lucharé sola, o acompañada por todos mis Quijotes y Edmond's Dantes, para que el lado oscuro deje de tocar las pelotas al personal.
Ese es mi propósito para el Año Nuevo 2012, que como todos sabéis (y al que no lo sepa ya se lo digo) es el año en que se acaba el mundo.